Hay situaciones que nos obligan a detenernos. No solamente por la gravedad de lo ocurrido, sino porque nos enfrentan a preguntas incómodas sobre la sociedad que estamos construyendo y los adultos que somos.
Las denuncias conocidas en Lomas de Zamora, donde estudiantes habrían utilizado inteligencia artificial para generar imágenes sexuales falsas de sus compañeras y difundirlas en sitios de contenido para adultos, no pueden leerse como una travesura adolescente, un exceso de las redes sociales ni un problema tecnológico que debemos aprender a gestionar.
Estamos frente a algo mucho más profundo: una vulneración de la intimidad, una forma de violencia que expone, humilla y lastima a otra persona, y que nos obliga a revisar qué estamos enseñando acerca de la dignidad humana, los límites y la responsabilidad.
Hace unos meses, el papa León XIV publicó Magnifica Humanitas, una encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Su planteo es fundamental para comprender lo que estamos viviendo: el desarrollo tecnológico no puede hacernos perder de vista aquello que nos hace humanos.
Es necesario preguntarse, entonces, no solamente qué pueden hacer nuestros adolescentes con la inteligencia artificial sino qué han aprendido acerca de lo que está bien y lo que está mal, del respeto por el otro y de las consecuencias de sus decisiones.
Porque no todo lo que la tecnología permite es moralmente aceptable. Y no todo lo que puede hacerse debe hacerse.
No podemos confundir inmadurez con ausencia de responsabilidad
A los 13 o 14 años, una persona todavía está construyendo su carácter, aprendiendo a regular sus impulsos y desarrollando su capacidad para evaluar las consecuencias de sus actos. Necesita adultos presentes, límites claros y oportunidades para aprender de sus errores.
Pero eso no significa que no pueda distinguir entre respetar y humillar, entre cuidar la intimidad de una compañera y utilizarla para exponerla, entre hacer algo que divierte a un grupo y hacer algo que destruye la tranquilidad de otra persona.
A esa edad, un adolescente puede no dimensionar todas las consecuencias futuras de una acción. Puede subestimar la permanencia de una publicación, el alcance de una imagen o la velocidad con la que se multiplica el daño en internet. Pero eso no vuelve invisible el daño inmediato ni elimina su capacidad de comprender que está haciendo algo que lastima.
Crear una imagen sexual falsa de una compañera, compartirla o participar de su difusión no es una simple broma que salió mal. Hay decisiones, hay acciones y hay otras personas que padecen sus consecuencias.
Y aquí necesitamos recuperar algo que, como sociedad, a veces parecemos haber olvidado: comprender por qué un adolescente hizo algo no significa justificar lo que hizo.
Podemos y debemos preguntarnos qué falló en su educación, qué modelos de relación está reproduciendo, qué lugar ocupa la humillación en sus grupos de pertenencia y qué encuentra en las redes que lo lleva a buscar reconocimiento a costa de otra persona. Pero ninguna de esas preguntas puede convertirse en una excusa para diluir su responsabilidad.
Educar también es enseñar que la libertad no consiste en hacer todo lo que uno quiere. Consiste en aprender a elegir, reconocer los límites y hacerse responsable de las consecuencias de las propias decisiones.
La responsabilidad comienza mucho antes de que el problema llegue a la escuela
Cuando ocurre un episodio de esta gravedad, solemos buscar rápidamente un responsable institucional. Queremos saber qué hizo la escuela, qué sanción aplicó, cuándo se enteró y cómo intervino.
Es necesario hacerlo. La escuela tiene la obligación de proteger a sus estudiantes, escuchar a quienes sufren, intervenir frente a la violencia y actuar con la seriedad que cada situación requiere. No puede minimizar los hechos, silenciar a las víctimas ni confundir el cuidado de los estudiantes involucrados con el ocultamiento de lo ocurrido.
Pero sería un error detenernos ahí.
La educación de un adolescente no comienza cuando ingresa al aula ni termina cuando toca el timbre de salida. La escuela es una institución fundamental, pero no puede sustituir a la familia, ni reparar por sí sola todas las omisiones de una sociedad que muchas veces delega en los docentes responsabilidades que deberían ser compartidas.
¿Qué conversaciones tenemos en casa sobre la intimidad, la sexualidad, el consentimiento y el respeto? ¿Qué hacemos cuando nuestros hijos se ríen de una humillación ajena? ¿Qué conductas naturalizamos en los grupos de WhatsApp? ¿Qué consumen en las pantallas? ¿Conocemos los espacios digitales en los que participan? ¿Les enseñamos que detrás de cada fotografía hay una persona y que esa persona tiene derechos, sentimientos y una dignidad que no depende de la opinión de sus compañeros?
No alcanza con entregarles un dispositivo, confiar en que sabrán utilizarlo y sorprendernos cuando lo emplean de una manera que nunca les enseñamos a cuestionar.
Tampoco alcanza con prohibir, controlar o vigilar cada movimiento. Los adultos tenemos que formar criterio. Tenemos que enseñar a pensar, a anticipar consecuencias, a distinguir entre lo técnicamente posible y lo éticamente correcto.
Y eso exige algo más difícil que imponer una regla: exige presencia, conversación, coherencia y ejemplo.
No podemos pedirles a los chicos que respeten una dignidad que nosotros mismos relativizamos cuando nos conviene.
La escuela debe enseñar, pero también debe poner límites
Quienes trabajamos en educación sabemos que la convivencia no se construye con carteles, jornadas aisladas ni discursos sobre los valores. Se construye en las decisiones cotidianas, en la forma en que intervenimos ante una agresión, en los límites que sostenemos y en los mensajes que transmitimos cuando alguien vulnera los derechos de otro.
La convivencia escolar no es simplemente que los estudiantes estén tranquilos, que no haya discusiones o que los conflictos no trasciendan las paredes de la institución. Convivir es aprender a reconocer al otro como alguien que merece respeto, incluso cuando no pertenece a nuestro grupo, no nos cae bien o no puede ofrecernos nada a cambio.
Por eso, ante hechos como estos, la escuela necesita intervenir con firmeza y con criterio pedagógico. Debe proteger a las víctimas, activar los protocolos correspondientes, trabajar con las familias, preservar las evidencias cuando corresponda y colaborar con las autoridades competentes. También debe establecer consecuencias proporcionales a la gravedad de las conductas, dentro del marco normativo aplicable.
No se trata de expulsar para dar una respuesta rápida ni de sancionar para satisfacer la indignación pública. Se trata de que las consecuencias tengan sentido, protejan a quienes fueron vulnerados y permitan que quienes causaron el daño comprendan su magnitud y asuman su responsabilidad.
Una sanción sin reflexión puede convertirse en un trámite. Una reflexión sin consecuencias puede transmitir que todo da lo mismo.
Necesitamos ambas cosas: límites claros y una intervención educativa que no se agote en el castigo.
Y hay algo más: acompañar a quien cometió una falta no significa colocarlo en el centro y relegar a quien la sufrió. La prioridad inmediata debe ser la protección de las víctimas, su escucha y el resguardo de su intimidad. No podemos pedirles que expliquen una y otra vez lo que vivieron, exponerlas para dar una lección ni convertir su sufrimiento en material de debate público.
La reparación, cuando sea posible y adecuada, deberá formar parte del proceso. Pero no puede imponerse a la víctima ni convertirse en una nueva carga para ella.
La dignidad no se negocia, tampoco en internet
Hay una dimensión especialmente grave en estos episodios: las imágenes no solamente habrían sido creadas y compartidas entre compañeros. Según las denuncias, también habrían llegado a plataformas de contenido para adultos y, en algunos casos, habrían sido objeto de comercialización.
Esto nos obliga a comprender que la violencia digital no es menos real porque se produzca detrás de una pantalla. Una imagen falsa puede generar un sufrimiento verdadero. La ausencia de contacto físico no elimina la violencia. Y que una fotografía haya sido publicada originalmente en una red social no significa que su titular haya cedido el derecho a que sea manipulada, sexualizada o utilizada para humillarla.
La inteligencia artificial puede generar imágenes que nunca existieron, pero no puede borrar la responsabilidad de quienes deciden producirlas y difundirlas.
Tampoco debemos aceptar que el cuerpo de una compañera se convierta en un recurso para obtener aprobación, popularidad, dinero o poder dentro de un grupo. Cuando alguien utiliza la intimidad de otra persona para ganar reconocimiento, el problema no es solamente el uso indebido de una herramienta: es una forma de entender las relaciones humanas desde el dominio y no desde el respeto.
En Magnifica Humanitas, León XIV nos invita a custodiar a la persona humana frente a los riesgos de una tecnología que puede avanzar mucho más rápido que nuestra capacidad para comprender sus consecuencias. Esa advertencia interpela directamente a la educación.
No necesitamos adolescentes que sepan utilizar todas las herramientas digitales disponibles. Necesitamos adolescentes capaces de preguntarse si deben utilizarlas, para qué y con qué consecuencias para los demás.
Necesitamos inteligencia, sí. Pero también conciencia. Conocimientos, sí. Pero también carácter.
No podemos renunciar a la esperanza, ni a la exigencia
Hay una tentación frecuente frente a situaciones como esta: concluir que los chicos están perdidos, que ya no hay valores, que las nuevas generaciones no tienen límites o que la tecnología arruinó definitivamente las relaciones humanas.
No comparto esa mirada. Pero tampoco creo que debamos minimizar lo que ocurre para evitar parecer exagerados o para no incomodar a las familias.
Los adolescentes necesitan adultos que crean en su capacidad de crecer, pero que no confundan esa confianza con una ausencia de exigencia. Necesitan que los ayudemos a construir autonomía, pero una autonomía que vaya acompañada de responsabilidad. Necesitan oportunidades para cambiar, pero también comprender que sus decisiones tienen consecuencias para otras personas.
Y nosotros necesitamos recuperar nuestro lugar.
Los padres, los docentes, los directivos, los profesionales que trabajan con adolescentes, los desarrolladores tecnológicos, las plataformas digitales y el Estado tenemos responsabilidades diferentes, pero complementarias. No podemos descargar todo en la escuela, ni todo en la familia, ni pretender que una nueva regulación resuelva aquello que también requiere formación moral y compromiso cotidiano.
La responsabilidad es compartida, aunque no sea idéntica para todos. Cada adulto debe responder por aquello que le corresponde hacer, y cada adolescente debe aprender a responder por sus propias decisiones de acuerdo con su edad, su grado de participación y las circunstancias del caso.
Educar es asumir que nuestros chicos todavía están aprendiendo. Pero también es recordarles que no están exentos de responsabilidad por el daño que causan mientras aprenden.
Porque acompañar no es sobreproteger. Comprender no es justificar. Y poner límites no es dejar de querer.
Es, precisamente, querer lo suficiente como para no permitir que alguien crea que puede hacer cualquier cosa con otra persona y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido.
Quizás esa sea una de las preguntas más importantes que nos deja este tiempo: mientras enseñamos a nuestros hijos y estudiantes a utilizar tecnologías cada vez más poderosas, ¿estamos haciendo el mismo esfuerzo por enseñarles a ser mejores personas?
La verdadera innovación educativa no consiste en incorporar la última herramienta al aula. Consiste en formar personas capaces de utilizar sus conocimientos, su libertad y su inteligencia al servicio del bien, y no de la humillación de los demás.
Porque el progreso no se mide solamente por lo que somos capaces de crear, sino también por aquello que somos capaces de decidir no hacer para proteger la dignidad de otra persona.
Y porque, frente a un mundo que nos ofrece cada vez más posibilidades técnicas, nuestra tarea como adultos sigue siendo esencialmente la misma: enseñar a nuestros chicos a ser humanos.
Por Virginia Valenzisi
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