La tragedia de San Cristóbal dejó al descubierto algo que se venía murmurando por lo bajo. La forma en que se mira a la escuela cambió sustancialmente y ahora quedó demostrado. La presión se volvió más intensa, más directa, más acusatoria. Da la sensación de que, de un momento a otro, las instituciones educativas dejaron de ser espacios pedagógicos para convertirse en el lugar donde se depositan las culpas de las desgracias sociales. Hoy parece que todo es responsabilidad de la escuela. Desde los consumos problemáticos hasta las redes de cibercrimen o el fomento de conductas violentas extremas. Siempre aparece la misma pregunta: ¿cómo no se dieron cuenta? Como si el docente tuviera que anticipar, detectar y resolver, en soledad, cada conflicto que atraviesa a un estudiante. Como si todo lo que ocurre por fuera de la escuela, en la intimidad de los hogares o en la complejidad de la vida social, pudiera y debiera ser contenido dentro del aula. Este desplazamiento no es menor. No...
En el debate educativo contemporáneo, una de las preguntas más urgentes y, a la vez, más incómodas, es qué hacer con los celulares en la escuela. Muchos adultos depositan en niños y adolescentes una capacidad de autorregulación que neurocientíficamente no poseen. Se aplauden discursos que promueven la libertad, la confianza en el criterio individual y la autorregulación como solución, pero olvidamos un dato central: el cerebro adolescente está en construcción , y no puede, por sí solo, resistirse al diseño adictivo de las plataformas digitales. En nombre de una falsa inclusión o de una pedagogía permisiva, caemos en una trampa: creer que el autocontrol se activa por voluntad pura, sin condiciones . Nos equivocamos. Un cerebro en obra: ¿por qué no pueden autolimitarse? La corteza prefrontal, región responsable de funciones como el control inhibitorio, la toma de decisiones, la planificación y la regulación emocional, no alcanza su madurez hasta pasados los 20 años . Es justamente es...