La tragedia de San Cristóbal dejó al descubierto algo que se venía murmurando por lo bajo. La forma en que se mira a la escuela cambió sustancialmente y ahora quedó demostrado. La presión se volvió más intensa, más directa, más acusatoria. Da la sensación de que, de un momento a otro, las instituciones educativas dejaron de ser espacios pedagógicos para convertirse en el lugar donde se depositan las culpas de las desgracias sociales.
Hoy parece que todo es responsabilidad de la escuela. Desde los consumos problemáticos hasta las redes de cibercrimen o el fomento de conductas violentas extremas. Siempre aparece la misma pregunta: ¿cómo no se dieron cuenta? Como si el docente tuviera que anticipar, detectar y resolver, en soledad, cada conflicto que atraviesa a un estudiante. Como si todo lo que ocurre por fuera de la escuela, en la intimidad de los hogares o en la complejidad de la vida social, pudiera y debiera ser contenido dentro del aula.
Este desplazamiento no es menor. No se trata solo de una mayor exigencia: estamos frente a un cambio de paradigma. La escuela ya no es pensada como una institución con una función específica, sino como una trinchera social, el lugar donde termina recayendo todo aquello que la sociedad y las familias no están pudiendo sostener.
Y en esa trinchera, lo que se acumula no son solo contenidos o trayectorias escolares: son vínculos desregulados, conflictos no elaborados, límites que no fueron construidos, adultos que no pudieron —o no supieron— ocupar su lugar. Es allí donde aparece con claridad lo que podemos nombrar como sobrecarga vincular.
La escuela no solo enseña. Escucha, contiene, media, interviene, repara, ordena. Y lo hace, muchas veces, sin los recursos necesarios y sin el acompañamiento de otros actores que deberían estar presentes. Porque cuando la familia se corre, cuando la sociedad se fragmenta, cuando las normas se vuelven difusas, alguien ocupa ese lugar. Y ese alguien, hoy, es la escuela.
Sin embargo, es necesario decirlo con claridad: la escuela no puede ni debe reemplazar a la sociedad. No puede asumir, sin consecuencias, funciones que le son ajenas. No porque falte compromiso, vocación o formación, sino porque hay un límite estructural. Pretender que la escuela resuelva lo que otros espacios abandonan no solo es injusto, sino también ineficaz.
En este escenario, resulta fundamental recuperar una mirada más amplia. Sabemos, desde hace tiempo, que el desarrollo de niños y adolescentes no depende de una única institución. Como bien plantea Urie Bronfenbrenner, las personas se forman en sistemas interrelacionados: familia, escuela, comunidad. Cuando uno de esos sistemas falla, los otros pueden acompañar, pero no sustituir completamente su función.
Del mismo modo, ya Émile Durkheim advertía que cuando las normas sociales se debilitan, aparece la anomia: una desorientación que impacta directamente en los vínculos y en las conductas. Y en ese vacío normativo, la escuela intenta ordenar lo que no fue previamente estructurado.
También Hannah Arendt señalaba algo clave: educar implica asumir la responsabilidad adulta de introducir a las nuevas generaciones en el mundo. Cuando esa responsabilidad se diluye, la escuela queda sola frente a una tarea que necesariamente debe ser compartida.
Frente a este panorama, no alcanza con el diagnóstico. Es necesario pensar estrategias concretas, posibles, que no dependan exclusivamente de una familia ideal que muchas veces no está.
En primer lugar, las instituciones necesitan explicitar con claridad su marco de funcionamiento. No se trata de suponer acuerdos, sino de construirlos: definir roles, responsabilidades, límites. Nombrar lo que corresponde a la escuela y lo que no. Este orden, aunque no resuelva todo, establece un punto de referencia necesario.
En segundo lugar, cuando la familia no responde, la intervención no puede quedar suspendida. La escuela debe trabajar sobre lo que sí tiene: el estudiante y el vínculo pedagógico. Generar rutinas, sostener normas claras, promover la autorregulación. No como reemplazo de la familia, sino como ejercicio de la función adulta presente.
También se vuelve central fortalecer la coherencia institucional. Equipos docentes, tutores y directivos deben sostener criterios comunes. En contextos de desorden externo, la consistencia interna no es un detalle: es una condición de posibilidad.
Al mismo tiempo, es necesario ajustar las expectativas. No trabajar con la familia que debería ser, sino con la que efectivamente existe. Buscar canales posibles, registrar intentos, sostener el contacto sin depender exclusivamente de su respuesta.
Y, sobre todo, establecer un límite claro: la escuela no absorbe todo. Puede acompañar, orientar, intervenir hasta cierto punto. Pero hay situaciones que requieren otros abordajes, otras responsabilidades, otras instituciones.
En este marco, se vuelve imprescindible recuperar y fortalecer la figura del adulto. Un adulto que no se corre, que no delega, que no queda paralizado. Un adulto que pone límites, que sostiene decisiones, que asume su rol incluso en contextos adversos.
Desde el enfoque de la Neuroeducación Volitiva, esto implica volver a poner en el centro la voluntad, la regulación emocional y la responsabilidad. No como discursos abstractos, sino como prácticas concretas que ordenan la vida escolar y permiten construir vínculos más sanos y sostenibles.
Porque si la escuela es hoy una trinchera, no puede serlo en soledad. Y si la sobrecarga vincular es una realidad, no puede resolverse únicamente desde adentro del aula.
Nombrar el problema es un primer paso.
Reordenar responsabilidades, una urgencia.

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